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El Telar de las Parcas

Viaje al Nilo

– He recorrido el Nilo hasta su nacimiento.

– ¿El Azul o el Blanco?

– Los dos.

(…

Vivir con Ana era no saber nunca con qué te ibas a encontrar al llegar a casa, sólo ella podría contestar así a un monótono «¿Qué tal te ha ido el día?», la misma que jamás escribía con un bolígrafo que no fuese de tinta verde, la que no tenía un solo par de calcetines discreto en su cajón, la que se deshacía como por arte de magia de los zapatos en cuanto sus pies cruzaban el umbral.

Este tipo de situaciones eran tan habituales que sin darse cuenta había desarrollado la habilidad de mantener conversaciones totalmente absurdas con naturalidad y en el mismo tono coloquial que ella empleaba, siguiéndole la corriente hasta descubrir a qué se refería exactamente.

…)

– Adoro Google Maps.

Hilo de El Telar de las Parcas.
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Frío
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Aterrizaje forzoso

Yo soy Romeo
Suma y sigue.
Nunca doblaré la rodilla.

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El Telar de las Parcas

Suma y sigue

– Ahí va nuestro Romeo.
– ¿Al final le ha echado cojones?
– Se ve que sí, a ver si no va a ser tan pichafloja.
– Vaya, me ha impresionado.
– Si ya le dije yo que estaba muy buena, si no fuera tan borde, tendría un polvazo.
– ¡Mierda! La va a cagar…
– Seguramente, es su estilo.
– Lo va a hacer… el puto chiste de Romeo… como si lo viera…
– ¿Diez euros a que le arrea un guantazo? A lo mejor eso es lo que le pone…
– Y eso que le avisé… será…
– Bueno, chaval, me encantaría ver cómo la pifia el pichafloja, pero he quedado.
– ¿Con Mariana?
– ¿Mariana? ¡Mariana ya es historia!
– ¿Historia?
– De las mujeres hay que sacar lo que se quiere, y luego alejarlas de tu vida. Y de Marianita, ya conseguí todo lo que quería.
– Qué cabrón puedes llegar a ser.
– Jajajaja! ¿No me digas que te gusta? Pues ahora es un buen momento, ya sabes, el polvo de la venganza. En todo currículum debe figurar una pelirroja. Ya te digo que es malísima en la cama, pero quizá tengas suerte y haya conseguido enseñarle algo.
– …
– Ahí te quedas, yo tengo una cita prometedora.

– Imbécil…

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Frío

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Frío

«Fría, eres fría, y yo necesito a una mujer apasionada a mi lado» El muy gilipollas… fría… más quisiera ella que ser fría, haber dejado que su corazón se helase en aquel mismo momento… no haber sentido aquella furia que le abrasa las entrañas aún ahora… fría… Enredando el índice en un rizo de su pelo rojo, Mariana concentra toda su ira en las gotas que todavía quedan en el cristal, regalo de la lluvia torrencial que asola Santander desde hace horas… Fría… hacía falta valor… y por un momento, casi se lo había creído… el muy cabrón… qué típico de él tratar de culparla de lo que había pasado… ¡fría! Sobre la mesa, una divertida postal escrita con letras grandes y verdes «Ven cuando quieras, niña. Pablo y Ana»Frío el que él le había dejado… agarrotándola… imponiendo su criterio… pero eso se había acabado… Con un suspiro se da cuenta de que sí, está enfadada, muy enfadada, pero se siente libre, sorprendentemente libre… Un anuncio por megafonía la avisa de que es el momento de subir al autobús, deja unas monedas como propina en el platillo, guarda la postal en el bolso y camina hacia el andén arrastrando una maleta roja.

Esta es mi primera aportación a El Telar de las Parcas.
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El Telar de las Parcas

El Telar de las Parcas

«Decían los romanos, y aún antes los griegos, que los hilos del destino humano eran cosidos y descosidos por tres temibles hijas de la Noche, en un gran telar. Los escritores, como ellas, tenemos la capacidad de dirigir el destino de los personajes y los mundos que creamos, y lo que aquí vengo a proponeros es exactamente eso: la creación de un gran telar conjunto donde las vidas de diferentes personajes se crucen e interactúen.»

Si este primer párrafo te ha interesado, quizá quieras leer un poco más sobre qué es El Telar de las Parcas, cómo puedes añadir tu hilo, y ver cómo poco a poco se va formando un tapiz de historias inventadas.

Como trama inicial JT de La Cajita nos propone hacer un Cambio de Rasante.

Léelo y anímate, de todos los que participemos dependerá el tamaño y diseño del tapiz.

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Cuentacuentos

Cuentacuentos 51

El sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío.
El gran día ella llegó a casa, era parecida a papá y mamá pero más pequeña.
Era extraña, pero fascinante, no me cansaba de observarla, aunque al escucharla llorar por primera vez no pude evitar ponerme nervioso.
Con el paso del tiempo empezó a parecerse más a mamá, dejó de llorar tanto y se hizo mucho más interesante vigilar sus movimientos.

Esta noche ha nevado, aunque ahora brilla el sol como el «Gran Día», y hace tanto frío como aquella mañana.
Una niña morena es, aparte de mí, la única ocupante de la habitación, aunque a través de una puerta entreabierta se escucha el trastear de platos y cacerolas en la estancia contigua.
Nuestra niña, de puntillas, con la naricilla apoyada en el cristal de la ventana, clava sus grandes ojos verdes en el paisaje nevado.
A su lado, en el suelo de madera, junto a un vaso de plástico azul hay acuarelas y papel para acuarelas con manchurrones de colores.
Yo la observo desde un rincón, con curiosidad, deseando saber qué piensa. Tiene los dedos manchados de pintura, y un par de manchas por la cara.

«¡Mami, mami! el cielo se ha ido cayendo a cachitos, pero no cachitos azules, ¡son blancos! ¡las nubes se caen a cachitos mami! ¿Como vamos a volver a subirlas?»

Sonrío al oír los chillidos de la niña, que emocionada empieza a saltar, al tiempo que desde la cocina llega la voz de mamá, después de una ligera risa.

«No son las nubes, cielo, es nieve»

Veo como mi niña, esboza una mueca de incredulidad, a la vez que volviendo a pegar la nariz al cristal pregunta qué es la nieve. Cierro los ojos, adormeciéndome tendido en el sofá.

«La nieve es… como motitas de helado que caen del cielo»

Al oír la palabra helado vuelvo a abrir los ojos, y desperezándome me acerco a la ventana. Quizá este año caiga algo distinto del cielo, y si es helado…
Pego mi nariz al cristal y veo que se forma como siempre la extraña mancha al respirar, no dejan de sorprenderme las cosas tan misteriosas que pasan en el mundo.
Para mi decepción, del cielo no cae helado, sino la misma sustancia de cada año, que parece algodonosa y suave, pero como bien recuerdo después de la primera vez que la ví, es fría, crujiente y traicionera bajo los pies.
No siento ningún deseo de salir a enfrentarme otra vez a esa extraña cosa, pero en sus ojos veo que ella sí quiere tocarla. Ojalá mamá no la deje, hace demasiado frío, a pesar de su jersey rojo y sus calcetines a rayas.

«Mami… ¿puedo salir a probarla? Quiero saber de qué sabor es…»

Alarmado me siento en el banco del piano, a mi lado está un diapasón con el que papá juega a veces a sacar extraños ruidos.

«Cariño, la nieve no sabe a nada, no es un helado, y ahora yo no puedo salir contigo a jugar, pero por la tarde saldremos los tres a hacer muñecos de nieve, ¿vale?».

«¡Vale!»

Escucho a papá bajando por las escaleras, trae sus gafas y un par de libros. Atraviesa el salón y se sienta en el sofá.
Ella cruza el salón y se lanza a sus brazos, y yo, en un par de saltos, me enrosco en su regazo.
Durante un rato todo son risas y cosquillas, para mí, para papá y sobre todo para ella.
Luego papá nos lee un cuento, y yo me voy quedando dormido ronroneando por las caricias de sus pequeñas manitas.
Empiezo a soñar con otra habitación donde hay acuarelas y papel para acuarelas, un diapasón y un par de libros… donde quizá mamá cocine pescado… y de las nubes caigan bolas de helado…

Ah! casi se me olvida, el Gran Día no solo ella llegó a mi vida, con ella llegaron los cuentos… y no os imagináis lo feliz que pueden hacer los cuentos a un gato.

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Cuentacuentos 50 (Doble)


Me he tragado una canción
.
Ha llegado volando con la brisa fría de la mañana, la he visto dejándose mecer a mi alrededor, trazando espirales hacia mis labios. En ellos se ha demorado un segundo, convirtiéndose en beso fugaz, casi eterno.
Se ha acunado en mi lengua, rodeándola, acariciándola con su sabor amargo, casi dulce.
La he sentido deslizarse por la garganta, verso a verso, palabra por palabra, despacio, recreándose, dejando detrás un rastro frío, casi cálido.
La he notado en el vientre, revoloteando, cada estrofa una pequeña mariposa; dejándolo, después de su vuelo, vacío, casi pleno.

Era una canción triste, lo supe casi desde el primer momento, pero sobre todo cuando después de metérseme en las venas llegó al corazón y lo dejó desgarrado; cuando siguiendo su camino hacia mi mirada la volvió de cristal, haciendo brotar pequeñas y brillantes lágrimas; cuando recreándose en mis oídos, me susurró su cadencia melancólica; pero sobre todo, cuando nota a nota se fue apoderando de cada centímetro de mi cuerpo, haciéndolo suyo y luego se fue, otra vez, dejándome de nuevo desgraciada, casi feliz.

Todo sucedió en un minuto, casi una vida.

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Cuentacuentos 49: Cuando se quiso dar cuenta

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño.
Había transcurrido un año y ni siquiera lo había notado.

Dejó caer la hoja recién arrancada del calendario, que se posó en el suelo de madera.
Noviembre había tocado a su fin… y no sabía bien cuando había pasado.
Estaba a punto de llegar el invierno y acababa de darse cuenta de que estaba en otoño.
Acababa de darse cuenta del día que era.
Abrió la puerta, que chirrió a modo de queja, y se quedó en el umbral contemplando absorta el paisaje que tenía ante sí.

¿Por qué no se había dado cuenta de que ya había pasado un año?

Empezó a caminar por el sendero cubierto de piedrecillas.
El suelo bajo sus pies crujía de la misma forma que el otoño anterior.
Los árboles salpicados por el prado se aferraban a un puñado de hojas con desesperación, igual que un año atrás.
El viento que azotaba su cara le traía exactamente el mismo aroma de aquel día.
El rumor de las olas estrellándose contra el acantilado parecía también el mismo.
Incluso las gaviotas dejándose llevar por las corrientes de aire se le antojaban las mismas que un año antes la habían acompañado en su paseo.

Parada casi al borde del acantilado, observó el horizonte, los pequeños barcos pesqueros que volvían a puerto.
Observó cómo el sol comenzaba su descenso, como cada día, como aquel día.

¿Qué diferencia había entre un año y el siguiente si todo parecía igual?

Con una sonrisa en los labios, la primera desde hacía un año, entendió que aquel día podía llegar a ser diferente, ella lo haría distinto, era la única que podía hacerlo.
Con ese pensamiento, libre al fin del peso que acarreaba desde hacía un año, saltó.

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Cuentacuentos 48: ¿Qué haces?

– ¿Qué haces?
– Ver porno. ¿Y tú?
– Pensaba en ti…
bueno, en nosotros, en… ya sabes.
– Claro que lo sé, pero bueno, no te imaginas la cantidad de porno que hay aquí, sería un milagro que lograse concentrarme en algo que no fuese… bueno… ya sabes…
– Me imagino, aunque al menos será divertido ¿no?
– Más que lo tuyo seguro, pero aún así… es un poco… hummmm… raro…
– Sí bueno, me gustaría poder echarte una mano…
– Sí… sería una idea cojonuda, el porno no está mal, pero tus manos…
– ¿No te apañas tú solito entonces?
– Mmmmmm es que a mí me tengo muy visto, y esto es taaaaan frío, necesito un poco de… calor… tu calor…
– No me pongas esa vocecilla que estoy en el trabajo, y tú vas a desahogarte pero yo tengo que esperar hasta la cena.
– Mmmmmm entonces… esta noche… de postre…
– ¡Sí, por favor! Hoy se acaba la tortura…
– Mmmmm bien, te echo tanto de menos, no se como hemos logrado hacerlo… me imagino tu piel bajo la mía… tus gemidos… tu cuerpo arqueándose junto al mío…
– ¡Dios! ¡Para! ¡No me hagas esto!
– ¡Bien! Creo que eso es lo que me hacía falta para acabar de motivarme…
– Bueno… te dejo a lo tuyo, entonces…
– Mmmmm vale, vale…
– ¿Lorenzo?… Te quiero…
– Si no te quisiese sabes que no pasaría por esto, ¿verdad?…
– Sí.

– ¿Señorita?
– ¿El señor Pérez?
– Sí, ese soy yo.
– Bien, deje su muestra en la bandeja. En unos días estarán sus resultados y los de su esposa, en cuanto los tengamos les llamaremos para concertar la cita.
– Gracias.

– Buenos días, Clínica de Fertilidad, ¿qué desea?




Mucho más, y seguramente mejor en: Cuentacuentos

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Cuentacuentos 47: Una mancha de vino en el mantel

Una mancha de vino en el mantel.
Dos copas encima de la mesa, en una de ellas hay marcas de carmín que ensucian su fino borde.
Dos velas parpadean en sus candelabros de cristal.
Apoyados en dos platos, donde todavía hay restos de nata y fresas, los cubiertos de plata emiten suaves destellos.

En el respaldo de una de las dos sillas cuelga un suave fular de seda roja hasta casi tocar la alfombra.
Al lado de la mesa, en una cubitera de diseño, una botella de champán descorchada y casi vacía.

Un rectángulo de luz alargado ilumina la alfombra.
En el camino marcado por la luz caído hay un zapato de charol negro y tacón interminable; a dos pasos su pareja.
Una corbata azul descansa hecha un ovillo muy cerca de una camisa blanca.

Unos débiles gemidos flotan en el aire, acompañados de un rítmico sonido metálico.

En el umbral de la puerta entreabierta, formando un círculo de pliegues, un vestido de seda negro.

Dentro de la habitación, encima de la mesita se alcanzan a ver dos copas alargadas; líneas de burbujas surcan el dorado líquido.

Las sábanas blancas están revueltas, y hay una maleta abierta encima del colchón.
Un hombre rebusca en el armario y tira de cualquier modo cosas dentro de la maleta.
Su cara está crispada, en su pecho desnudo hay manchas de sangre roja y fresca.

A los pies de la cama, una mujer pelirroja está tendida en una postura extraña.
Un charco de sangre a su alrededor se confunde con su pelo.
Sus ojos se mueven lentamente mientras intenta, en vano, gritar.

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Cuentacuentos 46: Incluso el que…

Incluso el que menos te lo esperas podría ser el día que cambie tu vida.
Puedes pensar que va a ser un día normal, y sin embargo con el transcurrir de las horas, yo te quitaré la razón, te demostraré que no hay días normales.

Piensa en tu día, en lo que has hecho hoy.

Te has despertado y no has caído en la cuenta de que hoy empieza el otoño. ¿Ves? Un pequeño detalle que lo hace diferente del rutinario día de ayer.

Aunque tienes razón, que hoy haya cambiado la estación no tiene por qué ser tan importante, o quizá sí, nunca cometas el error de despreciar las cosas que te parezcan poco relevantes, porque a veces son justamente esas las que más importan.

Luego te has duchado, y tus ojos no han sabido ver el juego de las gotas deslizándose por la mampara, has desayunado sin saborear realmente lo deliciosas que estaban las tostadas y como cada día, has ido a trabajar.

En el metro, perdido en tu rutina, no has visto como una pareja de jubilados, ambos de pelo blanquísimo, se miraban a los ojos con la misma expresión de amor con la que lo hicieron el día de su boda.

Al salir del vagón, no te has dado cuenta de que como casi cada día, una chica preciosa se tropezaba «accidentalmente» contigo, y ¿sabes qué? ella podría haber cambiado tu vida.

Caminando hacia el trabajo ni te has fijado en el chico que en medio de la calle se arrodillaba y le pedía a su novia que se casase con él.

Has pasado por esa cafetería sin mirar hacia adentro, y por eso no has visto a aquel amigo de la facultad del que hace tanto que no sabes, una pena, tu vida habría cambiado de haber entrado a saludarle.

Te has perdido la mirada de gratitud de ese vagabundo de la esquina, cuando la florista de enfrente le ha llevado café caliente.

Y por supuesto no has visto a dos pajarillos levantando el vuelo a tu paso.

Antes de entrar en este edificio no has hecho caso a esos niños que te gritaban que les pasases el balón, y aunque no te lo creas, ellos podrían haber cambiado tu vida.

Si lo piensas bien, la vida rutinaria de la que te quejas, sólo lo es porque no sabes mirar a tu alrededor en busca de los pequeños milagros de cada día.

Es una pena tener que demostrarte que cuando menos te lo esperas, te has quedado sin tiempo para disfrutar de todas esas cosas.

Si te hubieses parado a hablar con la chica del metro, no estarías aquí, la habrías invitado a un café, y habrías llegado tarde a la oficina.
Si hubieses entrado a saludar a tu amigo, habrías sabido que busca trabajo, y le habrías acompañado a la oficina de recursos humanos de tu empresa.
Si hubieses pasado el balón a esos niños, la recepcionista se habría fijado, y te habría hecho algún comentario divertido y no habrías llegado a tiempo al ascensor.

Cualquiera de esas tres cosas habría cambiado tu vida.

El marido de aquella mujer que fue asesinada el primer día del otoño del año pasado, no se habría encontrado con el abogado defensor del asesino.

Y no te habría podido pegar un tiro antes de suicidarse.

Me da pena saber que todas esas cosas habrían podido salvarte y no haber podido hacer nada, porque al fin y al cabo yo solo observo, sois vosotros los que decidís vuestro destino.

(Gracias JT!!!!!!!)